Rito católico de exorcismos

Rito católico de exorcismos

Rito católico

I Oraciones por liberación
II El esquema del rito del exorcismo solemne
III Exorcismos de magia y espiritismo

I Oraciones por liberación

ORACIÓN CONTRA TODO MAL
Espíritu del Señor, Espíritu de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Santísima Trinidad, Virgen Inmaculada, ángeles, arcángeles y santos del paraíso, descended sobre mí. Fúndeme, Señor, modélame, lléname de ti, utilízame. Expulsa de mi todas las fuerzas del mal, aniquílalas, destrúyelas, para que yo pueda estar bien y hacer el bien. Expulsa de mí los maleficios, las brujerías, la magia negra, las misas negras, los hechizos, las ataduras, las maldiciones y el mal de ojo; la infestación diabólica y la obsesión diabólica; todo lo que es mal, pecado, envidia, celos y perfidia; la enfermedad física, psíquica, moral, espiritual y diabólica. Quema todos estos males en el infierno, para que nunca más me toquen a mí ni a ninguna otra criatura en el mundo. Ordeno y mando con la fuerza de Dios omnipotente, en nombre de Jesucristo Salvador, por intermedio de la virgen Inmaculada, a todos los espíritus inmundos, a todas las presencias que me molestan, que me abandonen inmediatamente, que me abandonen definitivamente y que se vayan al infierno eterno, encadenados por San Miguel arcángel, por san Gabriel, por san Rafael, por nuestros ángeles custodios, aplastados bajo el talón de la Virgen Santísima Inmaculada.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
¡Oh Augusta Reina de los Cielos y Señora de los Ángeles! Pues habéis recibido de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de la serpiente infernal; dignaos escuchar benigna las súplicas que humildemente os dirigimos; enviad las santas legiones para que, bajo vuestras órdenes, combatan a los demonios, donde quiera repriman su audacia y los persigan hasta precipitarlos al abismo. ¿Quién como Dios? ¡Oh buena y tierna Madre! Vos seréis siempre nuestro amor y nuestra esperanza. ¡Oh divina Madre! Enviad los Santos Ángeles para defendernos y rechazar lejos al demonio, nuestro mortal enemigo. Santos Ángeles y Arcángeles, defendednos y guardadnos.

(Trescientos días de indulgencia, Pío X, 8 de junio de 1908)

ORACIÓN A SAN MIGUEL ARCÁNGEL PRESENTADA POR LEÓN XIII
San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio. Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas.

PLEGARIA DE LIBERACIÓN
Oh, Señor, tú eres grande, tú eres Dios, tú eres Padre, nosotros te rogamos, por la intercesión y con la ayuda de los arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, que nuestros hermanos y hermanas sean liberados del maligno que los ha esclavizado. Oh, santos, venid todos en nuestra ayuda. De la angustia, la tristeza y las obsesiones, nosotros te rogamos: Líbranos, oh Señor. Del odio, la fornicación y la envidia, nosotros te rogamos: Líbranos, oh Señor. De los pensamientos de celos, de rabia y de muerte, nosotros te rogamos: Líbranos, oh Señor. De todo pensamiento de suicidio y de aborto, nosotros te rogamos: Líbranos, oh Señor. De toda forma de desorden en la sexualidad, nosotros te rogamos: Líbranos, oh Señor. De la división de la familia, de toda amistad mala: nosotros te rogamos: Líbranos, oh Señor. De toda forma de maleficio, de hechizo, de brujería y de cualquier mal oculto, nosotros te rogamos: Líbranos, oh Señor. Oh, Señor, que dijiste “la paz os dejo, mi paz os doy”, por la intercesión de la Virgen María concédenos ser librados de toda maldición y gozar siempre de tu paz. Por Cristo Nuestro Señor. ¡Amén!

HIMNO CRISTOLÓGICO DE LA CARTA A LOS FILIPENSES (Fil 2, 6-11)
Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es SEÑOR, para gloria de Dios Padre.
Hoc enim sentite in vobis quod et in Christo Iesu qui cum in forma Dei esset non rapinam arbitratus est esse se aequalem Deo sed semet ipsum exinanivit formam servi accipiens in similitudinem hominum factus et habitu inventus ut homo humiliavit semet ipsum factus oboediens usque ad mortem mortem autem crucis propter quod et Deus illum exaltavit et donavit illi nomen super omne nomen ut in nomine Iesu omne genu flectat caelestium et terrestrium et infernorum et omnis lingua confiteatur quia Dominus Iesus Christus in gloria est Dei Patris.

 

II El esquema del rito del exorcismo solemne

El sacerdote exorcista se prepara con una oración en la cual pide que, con el poder de Cristo, consiga ejercer la lucha contra el demonio. En el inicio de la celebración bendice el agua y lo asperja a la gente participando en el rito. Entonces solicita para rezar. La oración comienza con Letanía de los Santos. El exorcista termina de orar llamando por misericordia divina sobre la persona atormentada. Entonces llega la recitación de Salmo 90 o algunos salmos cuyos objeto es una petición por victoria divina sobre el espíritu maligno. La siguiente acción es la lectura del Evangelio – Jn 1, 1-14 u otros fragmentos. Luego el sacerdote impone las manos sobre el fiel atormentado diciendo invocaciones definidas. Los participantes ahora profesan el fe o renuevan las promesas bautismales trás que viene el padrenuestro. En este momento el ministro muestra la cruz y, con ella, bendice a la persona atormentada y sopla sobre su rostro, diciendo: “Con el Espíritu de tu boca, Señor expulsa los espíritus malignos, mándales alejarse porque se aproxima tu Reino”.

De esta manera nos acercamos al punto culminante del rito de exorcismo que son los oraciones solemnes. La primera es de carácter deprecativo – en el nombre de Cristo rogamos a Dios que el demonio se aleje del fiel atormentado. La fórmula segunda, de modo imperativo, incluye un mando a Satanás que él aparte de la persona. Todas estas acciones pueden ser repetidas de manera multiple hasta la liberación total del fiel dado, aún mencionando su estado psicofísico. El rito se termina con una acción de gracias – Magnificat o Benedictus – y la bendición sacerdotal.

Una explicación de las fórmulas de oraciones, deprecativas y imperativas.

El rito incluye tres fórmulas deprecativas y otras tres imperativas. En el comentario abajo vamos a demostrar que sus raíces son de Biblia y sintetizan su aprendizaje sobre el Satanás.

La primera fórmula deprecativa

Dios, creador y defensor del género humano, dirige tu mirada sobre este siervo tuyo (sierva tuya) N. a quien formaste a tu imagen y llamas a ser partícipe de tu gloria. El antiguo adversario lo (la) atormenta cruelmente, lo (la) oprime con fuerte violencia y lo (la) inquieta con cruel terror. Envía sobre él (ella) tu Espíritu Santo para que lo (la) haga fuerte en la lucha le enseñe a rogar en la tribulación y lo (la) defienda con su poderosa protección. Escucha, Padre santo, el gemido de tu Iglesia suplicante; no permitas que tu hijo (hija) sea poseída por el padre de la mentira; no dejes que este servidor (servidora) a quien Cristo redimió con su Sangre sea retenido (retenida) por la cautividad del diablo; impide que el templo de tu Espíritu sea inhabitado por los espíritus inmundos. Escucha, Dios misericordioso, la oración de la bienaventurada Virgen María, cuyo Hijo, muriendo en la Cruz, aplastó la cabeza de la antigua serpiente y encomendó a la Madre todos los hombres como hijos. Que resplandezca en este siervo tuyo (sierva tuya) la luz de la verdad entre en él (ella) el gozo de la paz, lo (la) posea el Espíritu de la paz y llenando su corazón le dé la serenidad y la paz. Escucha, Señor, la oración de San Miguel Arcángel y de todos los ángeles que te sirven. Dios de todo bien, impide decididamente la acción diabólica; tú que eres la fuente de la verdad y del perdón, expulsa las falaces insidias del diablo; Señor de la libertad y de la gracia, desata los lazos de la perversidad. Tú que amas y salvas al hombre que escuchas paternalmente la oración de los apóstoles Pedro y Pablo y de todos los santos que con tu gracia vencieron las asechanzas del Maligno. Libra a este siervo tuyo (esta sierva tuya) de toda potestad ajena y custodia la firmeza que necesita. Para que restituido (restituida) a la serenidad espiritual te ame de corazón y te sirva con sus obras, te glorifique con sus alabanzas y te celebre con su vida. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

La oración dirigida a Dios Padre consiste con seis invocaciones, incluyendo varias palabras: dirige Tu mirada, envía, escucha.

En la invocacion inicial dirigimos a Dios describiéndole con los títulos que enseñan su acción salvadora. Le presentamos la persona atormentada por el diablo con una petición que dirija a ella su mirada. Celebramos el memorial de la divina obra de creación y redención que así se queda interrumpida por la violencia satánica.

Dios es llamado aquí el “Creador” y el “Defensor” del género humano. El título “Creador” y la realidad vinculada con esto es un motivo repetido a lo largo de la Biblia, empezando con el Génesis (véase Gén 1, 27: Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó) aún hasta la Apocalipsis, donde Dios es alabado como el que creó el cielo y cuanto hay en él, la tierra y cuanto hay en ella, el mar y cuanto hay en él (Ap 10, 6). El título “Defensor” ocurre en el discurso de Ajior a Holofernes, lo que es relacionado con el preestreno de la liberación del pueblo de Israel por Dios (véase Jdt 5, 21; 6, 2). Con este título nos encontramos también en el principio de Salmo 27/26: Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Yahveh, el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar? (Sal 27, 1). Ambos títulos: “Creador” y “Defensor” (o “Redentor”) ocurren juntos en muchas plegarias de Misal Romano, ej.: “Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles”; “Porque has querido ser, por medio de tu amado Hijo, no solamente el creador del género humano, sino también el autor generoso de la nueva creación”. En la bendición de los esposos dirigimos a Dios con estas palabras: “Padre Santo, Tú creaste al ser humano a tu imagen y semejanza…”

En una de las oraciones por los difuntos, rogamos: “Nuestro Creador y redentor (…) Que todos tus hijos que nos han precedido en la fe… disfruten para siempre de la visión de tu gloria”. En una acción de gracias, en la oración comuna, invocamos a Dios: ” invoco [te] ut defensorem propitium”. A Dios, creador y defensor del género humano, le rogamos, que dirija su mirada sobre este siervo tuyo atormentado por Satanás para que mencione que formó el hombre a su imagen, introduciendo entre Él mismo y el hombre un vínculo de semejanza en el plano de la mente y la voluntad; mencione que nombró a él para un objetivo sublime y le prometió la participación en su índole y gloria: nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1, 4). Es un nombramiento a la plenitud de nueva vida, una propìa vida divina, la que el Padre concede a través de Cristo. Es una gracia de theosis – la divinización. Cuando un cristiano tiene una experiencia de los tormentos satánicos, esta dignidad más alta está insultada por el adversario del Dios y del hombre. En el primer Evangelio leemos sobre una mujer cananea que gritaba a Dios ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada (Mt 15, 22). Sobre unas tormentas semejantes cuenta el padre de un chico: Maestro, te suplico que mires a mi hijo, porque es el único que tengo, y he aquí que un espíritu se apodera de él y de pronto empieza a dar gritos, le hace retorcerse echando espuma, y difícilmente se aparta de él, dejándole quebrantado. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido. Respondió Jesús: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros y habré de soportaros? ¡Trae acá a tu hijo! Cuando se acercaba, el demonio le arrojó por tierra y le agitó violentamente; pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y lo devolvió a su padre (Lc 9, 38-42; Mt 17, 14-18; Mc 9, 14-27). El Satanás, “el antiguo adversario”, encuentra una placer en atormentar un hombre nombrado a unos picos de participación en la naturaleza divina.

En la segunda invocación rogamos a Dios que envíe Espíritu Santo sobre la persona atormentada por un espíritu maligno (“Envía sobre él (ella) tu Espíritu Santo para que lo (la) haga fuerte en la lucha le enseñe a rogar en la tribulación y lo (la) defienda con su poderosa protección”). Este fragmento enumera las acciones dentro del rango de la misión de Espíritu Santo: hace la gente fuerte en la lucha, la enseña a rogar y la defienda con la protección. El don de fortalecimiento es característico para el Espíritu Santo mientras el sacramento de Su acción específica lo definimos con la palabra “confirmatio” (fortalecimiento). En el Misal Romano se encuentra la siguiente oración: “que Cristo, luz de luz, encienda los corazones de quienes hemos renacido a una nueva vida, con el fuego del Espíritu Santo”. En la misa ritual en el Canon romano hay una propia fórmula de plegaria ” Te pedimos, Señor, que te dignes recibir esta oblación de nosotros tus siervos” (Hanc igitur), incluyendo las palabras: “Te la ofrecemos también por los que has renacido con el bautismo y los has fortalecido con el don de Espíritu Santo”. Y, en la bendición solemne de final, rogamos: “El Hijo unigénito de Dios, que prometió que el Espíritu de verdad estaría siempre en la Iglesia, os bendiga y os fortalezca en la confesión de la fe verdadera”. La tarea de Espíritu Santo es también fortalecer en la lucha contra el espíritu maligno.

Instruir es precisamente de Espíritu Santo, como lo sale de la promesa de Jesús: Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho (Jn 14, 26). San Pablo vincula esta instrucción con la oración: el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables (Ro 8, 26). Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! (Ga 4, 6).

Además, Espíritu Santo nos fortaleza con su protección. La oración colecta de la misa votiva en Espíritu Santo conecta la divina protección con el Espíritu: “Dios, tu Espíritu nos gobierna y defiende con su protección…”. Y por esta acción de Espíritu, incluyendo un fortalecimiento en la lucha, una instrucción en le hora de orar y la protección, rogamos, para el fiel atormentado por el Maligno. Entonces vienen las invocaciones deprecativas comenzando con la palabra “escucha”.

La tercera invocación – es una solicitud por escuchar la Iglesia: “Escucha, Padre santo, el gemido de tu Iglesia suplicante; no permitas que tu hijo (hija) sea poseída por el padre de la mentira; no dejes que este servidor (servidora) a quien Cristo redimió con su Sangre sea retenido (retenida) por la cautividad del diablo; impide que el templo de tu Espíritu sea inhabitado por los espíritus inmundos”.
El objeto de la plegaria es la Iglesia. Su oración es como un gemido, un sufrimiento, que, según San Pablo, se eleva a Dios por parte de toda la creación: La creación […] fue sometida a la vanidad […] por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. […] la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos […] (Ro 8, 20-23). El gemido de la Iglesia y sus hijos, causado por la regla de Satanás, se manifesta en tres súplicas:

  • “no permitas que tu hijo (hija) sea poseída por el padre de la mentira” (el nombre dado por Jesús, véase: Jn 8, 44); porque la mentira, oponiéndose a la verdad, se vincula con la nada y el mal (véase: 2 Tes 2, 9-12)
  • “no dejes que este servidor (servidora) a quien Cristo redimió con su Sangre sea retenido (retenida) por la cautividad del diablo”, según la palabra revelada: En él tenemos por medio de su sangre la redención… (Ef 1, 7); porque toda la Iglesia Divina ha sido adquirida de modo propietario en la Sangre de Cristo (véase: He 20, 29)
  • “impide que el templo de tu Espíritu sea inhabitado por los espíritus inmundos” (véase: 1 Co 3, 16; 2 Co 6, 16)

La cuarta invocación expresa la solicitud de que Dios escuche la oración de María: “Escucha, Dios misericordioso, la oración de la bienaventurada Virgen María, cuyo Hijo, muriendo en la Cruz, aplastó la cabeza de la antigua serpiente y encomendó a la Madre todos los hombres como hijos. Que resplandezca en este siervo tuyo (sierva tuya) la luz de la verdad entre en él (ella) el gozo de la paz, lo (la) posea el Espíritu de la paz y llenando su corazón le dé la serenidad y la paz”.

Antes de expresar las solicitudes detalladas, decimos la anámnesis – un recuerdo – de la Muerte de Jesús en la Cruz, en la cual se ha cumplido el preestreno de Dios, dirigida al serpiente: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gén 3, 15). Anunciando la enemistad entre el linaje de serpiente y el linaje de la mujer, el texto hebreo opone el hombre al diablo y su linaje y permite anticipar la victoria final del hombre. Es el primero de los atisbos de la salvación. La traducción griega comenzando la última sentencia “te pisará la cabeza” con un pronombre masculino (“él”) asigna la victoria no al linaje de mujer en general, sino a uno de los hijos de la mujer, dirigiendo nuestros pensamientos a la interpretación cristológica, la que asumieron Padres de la Iglesia. Jesús pisó la cabeza del serpiente muriendo en la Cruz, como lo cantamos en el prefacio de la Fiesta de Exaltación de Cruz: “Tú has puesto la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, muera en un árbol vencido…” También en la Cruz, Jesús, a través de su discípulo amado, dio a su Madre todos los fieles: Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. (Jn 19, 26-27). Estas palabras revelan la verdad sobre la maternidad de María para todos los fieles, representados por el discípulo amado.

En el fondo de esta anámnesis levantamos las solicitudes a Dios: que la verdad, siendo una negación de la mentira diabólica, resplandezca en este hombre tras la liberación de sus tormentos, según las palabras de San Paulo: […] fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad (Ef 5, 8-9); que en este hombre – tras la liberación – se coloque el gozo y la paz; San Paulo escribe otra vez: Que el Reino de Dios […] sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo (Ro 14, 17); por fin, que el Espíritu Santo posea el hombre, por quien nos oramos, con su presencia, lo libere y purifique.

La quinta invocación es una solicitud, para que Dios escuche la súplica de Miguel Arcángel y de todos los ángeles: “Escucha, Señor, la oración de San Miguel Arcángel y de todos los ángeles que te sirven. Dios de todo bien, impide decididamente la acción diabólica; tú que eres la fuente de la verdad y del perdón, expulsa las falaces insidias del diablo; Señor de la libertad y de la gracia, desata los lazos de la perversidad”.

Después de la llamada por la intercesión de María, la Iglesia llama por la ayuda de Arcángel, príncipe de la milicia celestial. Las llamadas expresadas aquí armonizan con la misión realizada por él. Respondan a los tres, expresadas en la oración, atributos de Dios. A “Dios de todo bien”, rogamos que impida decididamente la acción diabólica; a “la fuente de la verdad y del perdón”, que expulse las falaces insidias del diablo; a “Señor de la libertad y de la gracia” – que desate los lazos de la perversidad.

En la sexta invocación – nos dirigimos a la intercesión de los apóstoles Pedro y Paulo y todos los santos: “Tú que amas y salvas al hombre que escuchas paternalmente la oración de los apóstoles Pedro y Pablo y de todos los santos que con tu gracia vencieron las asechanzas del Maligno. Libra a este siervo tuyo (esta sierva tuya) de toda potestad ajena y custodia la firmeza que necesita. Para que restituido (restituida) a la serenidad espiritual te ame de corazón y te sirva con sus obras, te glorifique con sus alabanzas y te celebre con su vida. Por Jesucristo, nuestro Señor. Y todos responden: Amén.”

La invocación a Dios a Quien “ama y salva al hombre” también aparece en el Misal Romano, ej. en una de los oraciones por los difuntos: “Oh Dios que concedéis el perdón de los pecados y queréis la salvación de los hombres…”. Es un resumen de varios títulos, siendo algo como una repercusión de esta invocación: “Oh Dios, que amas la inocencia…”, “Oh Dios, que amas la virginidad…”, “Oh Dios, fuente de paz y amor…”, “Dios, tú que eres el fuente de la virginidad y amas la pureza…”, “Dios, tú eres la Unidad perfecta y el Amor verdadero…”.

El Dios, siendo el autor de nuestra salvación, lo quiere más que cualquiera otra creación y lo abraza con su amor. Por eso, rogamos que Dios escuche las oraciones de los Santos que ya han logrado en la batalla con el Satanás. Ellos también, unánimemente, ruegan por la liberación de los atormentados y por la libertad de la violencia diabólica. La meta, hacia cual la súplica viene, es un ejercicio desinhibido de la piedad; la libertad necesaria para amara a Dios según su mandamiento: y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente […] (Mt 22, 37; Mc 12, 30; Lc 10, 27); la realización de unas buenas obras según recomendación de San Pablo: a fin de que (…) tengáis aún sobrante para toda obra buena. (2 Co 9, 8). En el comportamiento de tal forma se expresa la alabanza de Dios.
Por lo tanto, dicha fórmula deprecativa incluye no solo la enseñanza sobre el Satanás sino, sobretodo, se refiere a Espíritu Santo, la Iglesia, María, los Ángeles, los Apóstoles y otros Santos. Enseña que el Satanás atormenta al hombre formado a imagen de Dios; que Espítritu Santo fortaleza a fiel y lo defienda con la protección; que la oración de la Iglesia, María, San Miguel Arcángel y otros Ángeles, Apóstoles y los demás Santos, tiene su eficacia: puede liberar el hombre de la violencia de un espíritu maligno. Puede contribuir a que en la vida de un cristiano resplandezca el esplendor de la verdad, que Espíritu Santo le abrace otra vez con su poder, alejando unos atacos violentos del demonio; que el hombre pueda ser liberado de las asechanzas y esclavitud, recuperar la serenidad y, apoyado por el amor de Dios, realizar buenas obras a la gloria de su Señor.

La primera fórmula imperativa

Te declaro anatema, Satanás, enemigo de la salvación humana; reconoce la justicia y la bondad de Dios Padre, que, con justo juicio, condenó tu soberbia y tu envidia: apártate de este siervo (esta sierva) N., a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo (hija) de su misericordia.
Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto, superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la Cruz, y resucitado del sepulcro transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura N., a la cual Cristo al nacer hizo su hermano (hermana) y al morir lo (la) redimió con su Sangre.
Te conjuro, Satanás, que engañas al género humano, reconoce al Espíritu de la verdad y de la gracia que repele tus insidias y confunde tus mentiras. Sal de N., criatura plasmada por Dios, a quien el mismo Espíritu marcó con su sello poderoso; retírate de este hombre (esta mujer), a quien Dios hizo templo sagrado con una unción espiritual.
Por eso, retírate, Satanás, en el nombre del Padre +, y del Hijo +, y del Espíritu + Santo; retírate por la fe y la oración de la Iglesia; retírate por la señal de la santa Cruz, de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Todos responden: Amén.

Vamos a analizar ahora cada de los tres partes de la fórmula. Así es la primera:
“Te declaro anatema, Satanás, enemigo de la salvación humana; reconoce la justicia y la bondad de Dios Padre, que, con justo juicio, condenó tu soberbia y tu envidia: apártate de este siervo (esta sierva) N., a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo (hija) de su misericordia.”

El espíritu maligno es aquí convocado ante Dios Padre, que condenó su soberbia y su envidia. Es que Jesús declara que Espíritu Paráclito convencerá el mundo sobre el juicio – porque el Príncipe de este mundo está juzgado (Jn 16, 11). Sobre la envidia del diablo escribe el autor de la Sabiduría: por envidia del diablo entró la muerte en el mundo (Sab 2, 24). Por eso Jesús dice sobre él: este era homicida desde el principio (Jn 8, 44). El Satanás es desde principio el homicida sobretodo porque en la causa de la primera tentación y seducción llevó los primeros padres al pecado, y aportó la muerte al mundo (véase: Jn 3, 8; Sab 2, 24; Ro 5, 12). Y entonces porque ha traido Caín a matar a su hermano Abel (véase: 1 Jn 3, 12). Pues el Satanás el enemigo de la humanidad. Por eso fue ordenado a retirarse del hombre en el cual Dios Padre hizo una obra triple de su bondad: creó al ser humano a imagen suya (véase: Gén 1, 26-27); le enriqueció con sus dones, describidos en la revelación, especialmente con el don de la filiación adoptiva: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! […] ahora somos hijos de Dios (1 Jn 3, 1-2). Envió Dios a su Hijo (…) para que recibiéramos la filiación adoptiva (Ga 4, 4-5). La filiación divina pone la gente en el pico de su dignidad ya que los crea “partícipes de la naturaleza divina” (véase: 2 Pe 1, 4). Así es como es basada la obra de la bondad de Dios Padre en el hombre.

La segunda parte de esta fórmula de exorcismo es la siguiente:
“Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto, superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la Cruz, y resucitado del sepulcro transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura N., a la cual Cristo al nacer hizo su hermano (hermana) y al morir lo (la) redimió con su Sangre”.

El diablo describido con el nombre, apareciendo en el cuarto Evangelio, como el príncipe de este mundo (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11) es convocado ante del rostro de Jesucristo. Su poder sobre el demonio Él reveló durante cuatros momentos. Primeramente, en una victoriosa refutación de la tentación, mandando: Apártate, Satanás (Mt 4, 10). Entonces el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno (Lc 4, 13).

Regresó otra vez durante la pasión, pero ha sido vencido también por el hecho de que Jesús aceptó la voluntad del Padre en la hora de orar en Getsemaní y en el momento de la Muerte en la Cruz. Considerándola humanamente, fue un escándalo y una locura, pero en el plano divino de la salvación – una manifestación de la fuerza y sabiduría de Dios (véase: 1 Co 1, 23-24). Durante el Sacrificio ofrecido en la Cruz él se adquirió con la sangre (He 20, 28) todos los miembros del nuevo pueblo elegido que es la Iglesia. El triunfo de Cristo – a esto se ha convertido la Resurrección en la cual él quitó el botín de Satanás, adquirido durante su poder temporal en las tinieblas y trasladando los hombres al Reino del Hijo de su amor (véase: Col 1, 13). Por eso el Satanás recibe el mando para que salga de la persona atormentada que por la gracia del filiación divina adoptiva ha obtenido el regalo de la fraternidad con Cristo, establecido – bajo la Resurrección – el primogénito entre muchos hermanos (Ro 8, 29). Todos ellos aún son fijados para la resurrección y la inmortalidad.

La tercera parte de la fórmula: “Te conjuro, Satanás, que engañas al género humano, reconoce al Espíritu de la verdad y de la gracia que repele tus insidias y confunde tus mentiras. Sal de N., criatura plasmada por Dios, a quien el mismo Espíritu marcó con su sello poderoso; retírate de este hombre (esta mujer), a quien Dios hizo templo sagrado con una unción espiritual”.

El diablo es aquí llamado “el que engaña al género humano”. Lo hacía ya en los principios de la historia, tentando a los primeros padres. Eva después del pecado dice: «La serpiente me sedujo, y comí.» (Gén 3, 13). El diablo es un espíritu del truco y de la mentira. Jesús lo presenta de forma siguiente: no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira. (J 8, 44).

Satanás, como el que engaña, aparece como un contraste de Espíritu Santo que es el Espíritu de la verdad (véase: Jn 14, 17; 15, 26; 16, 13; 1 Jn 4, 6) y el Espíritu de la gracia (Heb 10, 29). Es Él que aleja los intentos satánicos con eficacia, los cuales combatir llama San Pablo: Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. (Ef 6, 11). Espíritu Santo, según la promesa de Jesús, revela las mentiras de diablo: y cuando él venga (el Paráclito), convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado. (Jn 16, 8-11). Se emite un mandato para que el Satanás deje el fiel atormentado porque Espíritu Santo le marcó con su estigma y ungó, haciéndolo su templo. Espíritu Santo sí mismo es un sello, una estigma marcada en la alma del cristiano en los sacramentos del bautismo y de la confirmación. San Pablo escribe así: fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa (Ef 1, 13) y alenta: No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención (Ef 4, 30). Espíritu como un sello le da una dignidad sublime a el que fue sellado con El. Dado esa magnificencia del sello, el Satanás tiene que reconocer su impotencia y apartarse. El tema de una estigma (un sello) se conecta con la idea de la unción, como un efecto de la acción de Espíritu Santo en la descripción de los sacramentos de iniciación cristiana: Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones. (2 Co 1, 21-22; véase: 1 Jn 2, 20.27). Sellados y ungidos con el Espíritu Santo, los fieles se convertieron a Su templo: ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Co 3, 16); vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros (1 Co 6, 19). Dado esa dignidad inefable de fiel, el Satanás es llamado a apartarse y resignar de atormentarlo.

La plegaria termina con una repetición triple del mando: “Por eso, retírate, Satanás, en el nombre del Padre +, y del Hijo +, y del Espíritu + Santo; retírate por la fe y la oración de la Iglesia; retírate por la señal de la santa Cruz, de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Todos responden: Amén.”

Hasta ahora llamabamos en la oración del poder cada de las Tres Personas Divinas a fin de vencer la influencia del Satanás. En la parte final llamamos estas Personas juntos. El poder te Santísima Trinidad, el misterio acerca de cual se concentra toda la fe y la oración de la Iglesia, el poder del signo de la Cruz, la gloriosa seña de la Víctima, el sacerdocio y la poder real de Cristo – estos son Fuentes de la potencia divina, gracias a la cual la Iglesia puede alejar el Satanás de la persona atormentada por él. La enseñanza incluida en esta fórmula complementa el contenido de la plegaria deprecativa. La Iglesia ha sido equipada con el poder eficaz para expulsar el demonio y forzarlo a apartarse del fiel que había sido un objeto de unos ataques odiosos. La Iglesia lo hace llamando el poder de Cristo quien, a través de su Muerte y Resurrección, venció a Satanás, hizo los hombres los hijos de Dios y su hermanos y hermanas; los adquirió por el precio de su Sangre; sometió el demonio al poder de Espíritu Santo que frustra sus intentos, desenmascara sus mentiras y hace sello a los bautizados con su estigma.

La segunda fórmula deprecativa

Dios del cielo, Dios de la tierra, Dios de los ángeles, Dios de los arcángeles, Dios de los patriarcas, Dios de los profetas, Dios de los apóstoles, Dios de los mártires, Dios de los sacerdotes, Dios de las vírgenes, Dios de todos los santos y santas, Dios que tienes poder para dar vida después de la muerte, el descanso después del trabajo, no hay otro Dios fuera de ti, creador de todo lo visible e invisible, Dios, que quieres que todos los hombres se salven y amaste al mundo de tal modo que enviaste a tu Hijo Unigénito para destruir las obras del diablo; te suplicamos, Señor. humildemente, apelando a la majestad de tu gloria, que libres a este servidor tuyo (servidora tuya) de todo poder de los espíritus infernales, de sus lazos, de sus engaños, de sus malicias, y que lo (la) custodies incólume. Infunde, el Espíritu de la verdad, Aquél que tu Hijo prometió a sus discípulos; desde el cielo expulsaste al diablo como un rayo, envía desde allí al Espíritu Paráclito, para que expulse lejos al delator y opresor de nuestra naturaleza y nos haga evitar todo daño. Por Cristo, nuestro Señor.

También esa fórmula tiene una estructura trinitaria. Se puede resumirla en la invocación siguiente: “Dios del cielo, amaste al mundo de tal modo que enviaste a tu Hijo Unigénito, infunde, el Espíritu de la verdad, tu Paráclito, por Cristo, nuestro Señor”. Es una solicitud a Dios Padre que envíe a través de Cristo el Espíritu Santo Paráclito. El objetivo de la solicitud es la liberación del hombre del espíritu maligno. La fórmula compone del prólogo, la anámnesis (la conmemoración) la obra de Dios Padre, la epíclesis y la conclusión cristológica. “Dios del cielo, Dios de la tierra, Dios de los ángeles, Dios de los arcángeles, Dios de los patriarcas, Dios de los profetas, Dios de los apóstoles, Dios de los mártires, Dios de los sacerdotes, Dios de las vírgenes, Dios de todos los santos y santas…”

Este inicio solemne y la frase siguiente deriven de dos fórmulas del rito de exorcismo anterior. Son mencionados aquí los títulos de Dios. Es el “Dios del cielo y la tierra”. Esta expresión recuerda el inicio de Génesis: En el principio creó Dios los cielos y la tierra. (Gén 1, 1). El cielo y la tierra – es el mundo, el resultado de la acción creativa. Según la manera semítica de pensar, el cielo y la tierra representan todo lo que existe fuera de Dios. El título “Dios del cielo y la tierra” describe el Dios como el Señor absoluto de toda la realidad creada, los seres espirituales y materiales. Las invocaciones siguientes que conectan con Dios de los ángeles y arcángeles, son las reflexiones del título bíblico usado en lo referente de el arca de Yahveh: sacaron de allí el arca de Yahveh Sebaot que está sobre los querubines (1 Sam 4, 4). Este título ocurre en las descripciones de los ritos realizados con el uso del arca. Muchas veces aparece en salmos y entre los profetas, especialmente en Isaias, en la descripción de teofanía, en la cual unos serafines gritan: Santo, santo, santo, Yahveh Sebaot (Iz 6, 3). Este título expresa el dominio absoluto de Dios sobre los ángeles. Las invocaciones que conectan Dios con los patriarcas, profetas, apóstoles, mártires, sacerdotes, vírgenes y todos los santos y santas, indican a los participantes de la salvación. Hay una inspiración para estas invocaciones – son las palabras con los cuales Dios se introduce a Moisés: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» (Ex 3, 6). Estas palabras son citados por Jesús al responder en el tema de la resurrección (véase: Mc 12, 26-27). Dichos grupos de los santos muestran de Dios sobre todos los pueblos y los vicisitudes de la historia de la salvación en que ellos participan.

Las próximas invocaciones a Dios son así: “Dios que tienes poder para dar vida después de la muerte, el descanso después del trabajo, no hay otro Dios fuera de ti, creador de todo lo visible e invisible”.

Dios se revela en Biblia como el Maestro de la vida y de la muerte. Dado el Nuevo Testamento, esa poder también caracteriza Cristo. Son sus palabras: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. (Jn 5, 25). A Marta, hermana de Lazarus acostado en la tumba, declara: Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá (Jn 11, 25). Entonces en la Primera Carta de Juan, leemos: hemos pasado de la muerte a la vida (1 Jn 3, 14). Generalmente, estos textos se refieren a la muerte, causada por el pecado, y a la vida divina, la cual Jesús revela a los que creen en Él. Sin embargo, se refieren también a la vida y muerte mundanas. El autor de la Carta a los Hebreos escribe: Por la fe, Abraham, sometido a la prueba, presentó a Isaac como ofrenda, y el que había recibido las promesas, ofrecía a su unigénito… Pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos. (Heb 11, 17.19). Similarmente como Dios da la vida tras la muerte, deja también de descansar despúes de un esfuerzo. Jesús dijo: Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso […] y hallaréis descanso para vuestras almas. (Mt 11, 28-29). En la secuencia en el Domingo de Pentecostés invocamos a Espíritu Santo así: “descanso en la fatiga, brisa en el estío”. Dios Padre, a través de su Hijo y Espíritu Santo, nos concede con el descanso tras el trabajo. El descanso real se trata de la felicidad eterna, cuya anuncio fue el descanso en el día de sabbat en Antiguo Testamento: De hecho, hemos entrado en el descanso los que hemos creído, […] Por tanto es claro que queda un descanso sabático para el pueblo de Dios. Pues quien entra en su descanso, también él descansa de sus trabajos, al igual que Dios de los suyos. Esforcémonos, pues, por entrar en ese descanso (Heb 4, 3.9-11). Después de esas determinaciones de Dios hay un grito: “No hay otro Dios fuera de ti”. Lo tiene su equivalente en las palabras dichas por Dios sí mismo, anunciando el Decálogo: «Yo, Yahveh, soy tu Dios… No habrá para ti otros dioses delante de mí. (Ex 20, 2-3; Dt 5, 6-7). Un grito semejante fue emitido por David en su oración que aceptaba la transcendencia de Dios: Oh Yahveh, nadie como tú, ni hay Dios fuera de ti (1 Cró 17-20). En las palabras siguientes de la oración Dios es llamado “El creador de todo lo visible y lo invisible”. Esta fórmula aparece en el principio del credo: “Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible”. Es como una confirmación de la invocación inicial: “Dios del cielo, Dios de la tierra”: “el cielo” significa invisibles criaturas espirituales; pues “la tierra” – todos los seres visibles y materiales. Todo tiene su fuente en Dios; Él es el único principio de todas las cosas, un solo es Su poder absoluto.

Desde la obra de la creación, la oración se avanza ahora a la vida divina interior que forma parte de la vida de gente en el camino de materializar el plan de salvación: “Dios, que quieres que todos los hombres se salven”. Esta afirmación tiene un peso teológico tremendo porque revela la voluntad divina de la salvación común; Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad (1 Tim 2, 4). Esa voluntad de la salvación de humanidad se enraiza en el misterio de Dios y Cristo, porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también (1 Tim 2, 5). La oración enumera el momento central de la historia de salvación que es la acción de enviar al mundo el Hijo de Dios y Su obra: “amaste al mundo de tal modo que enviaste a tu Hijo Unigénito para destruir las obras del diablo”.

Esta afirmación conecta dos textos. El primero tiene su origen en el Evangelio cuarto donde Jesús dice así: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. (Jn 3, 16). El don concedido por Dios Padre que es Su Hijo, significa aquí la Encarnación y la Víctima dada por Jesús en la Cruz para nuestra salvación. Es el misterio central de la historia y su fruto concedido a la gente y recibido por ellos en la fe – es la vida eterna. El segundo texto siendo una inspiración de la invocación llamada es el fragmento de la Primera Carta de San Juan: El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo. (1 Jn 3, 8). El objetivo de la llegada del Hijo de Dios es la lucha con el Satanás y su derrota siendo el enemigo de Dios y los hombres; es deshacer sus obras, es decir, los pecados. Algunos versículos antes el autor de la misma Carta escribe: Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados (1 J 3, 5).

El siguiente fragmento de la plegaria es la súplica: “te suplicamos, Señor. humildemente, apelando a la majestad de tu gloria, que libres a este servidor tuyo (servidora tuya) de todo poder de los espíritus infernales, de sus lazos, de sus engaños, de sus malicias, y que lo (la) custodies incólume.”

También esa súplica tiene una base bíblica. Por la liberación de lo malo solicitamos en el padrenuestro: líbranos del mal. (Mt 6, 13). Es posible también pronunciar esta súplica teniendo en mente el Satanás: líbranos del Maligno. En el cuarto Evangelio Jesús dice sobre la liberación de la esclavitud del pecado: todo el que comete pecado es un esclavo. […] Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres. (Jn 8, 34.36). El Apóstolo Pablo escribe: Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas […] Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. (2 Tim 4, 17-18). En contraste, la plegaria enumera: el poder de los espíritus infernales, sus lazos, sus engaños y sus malicias. Cuando Jesús aguantó entre los que habían llegado para capturarlo, dijo: esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Pues los fieles cantan a Dios el himno de alabanza: dando con alegría gracias al Padre […] El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor (Col 1, 11-13).

El poder de las tinieblas es el poder del Satanás. En tercer cuento de su conversión, San Pablo cita tales palabras del Señor: Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío, para que les abras los ojos; para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios (He 26, 17-18). Los redes de Satanás son mencionados en la desripción de las virtudes con las cuales debe caracterizarse un candidado para el obispo: Es necesario también que tenga buena fama entre los de fuera, para que no caiga en descrédito y en las redes del Diablo. (1 Tim 3, 7). El diablo es un espíritu del engaño, como lo hemos visto en la primera fórmula imperativa (véase: Gén 3, 13; Jn 8, 44). Después de la plegaria por la liberación del poder de los espíritus infernales, de las redes de Satanás y malicias, solicitamos por la defensa sobre la persona atormentada. San Pablo asegura: Fiel es el Señor; él os afianzará y os guardará del Maligno (2 Tes 3, 3). Pues Jesús solicita a Padre: Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado […] Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición… (Jn 17, 11-12). En este momento, la plegaria adopta la forma de epíclesis – la invocación de Espíritu Santo: “Infunde, el Espíritu de la verdad, Aquél que tu Hijo prometió a sus discípulos; desde el cielo expulsaste al diablo como un rayo, envía desde allí al Espíritu Paráclito, para que expulse lejos al delator y opresor de nuestra naturaleza y nos haga evitar todo daño. Por Cristo, nuestro Señor.”

La invocación de Espíritu Santo es doble: “infunde el Espíritu de la verdad”, “envía desde allí al Espíritu Paráclito”. Los títulos “Espíritu de la verdad” y “Paráclito” aparecen en los versículos del cuarto Evangelio, entre las promesas dadas por Jesús a sus discípulos en su discurso de despedida. Nuestra oración trae a la mente algunos aspectos de aquellas promesa. En la primera y tercera promesa aparecen ambos títulos de Espíritu Santo: y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad. (Jn 14, 16-17). Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. (Jn 15, 26). En la segunda y cuarta promesa aparece el título Paráclito: Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. (Jn 14, 26). Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré (Jn 16, 7). El título “Espíritu de la verdad” aparece aún en la última promesa: Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa (Jn 16, 13).

La súplica expresada en el exorcismo: “desde el cielo expulsaste al diablo como un rayo, envía desde allí al Espíritu Paráclito”, con el título de Paráclito conecta las palabras de Jesús: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. (Lc 10, 18). Algunos Padres, como Orígenes o san Jerónimo, acomodaron por lo tanto el texto diciendo sobre la humillación del rey de Babilonia: ¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora!… Tú que habías dicho en tu corazón: Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono […] me asemejaré al Altísimo. ¡Ya!: al seol has sido precipitado, a lo más hondo del pozo. (Iz 14, 12-15). Aquellos Padres explican la caída del Lucifer (Aurora) como un acto de sentenciar el príncipe de los espíritus malignos. Comparando el Satanás a un rayo cayendo del cielo, Jesús dice sobre la derrota definitiva del demonio, de tal manera que ya no puede volver a la sede de la cual ha sido precipitado. Estas palabras de Jesús sobre la caída de Satanás corresponde a las palabras del cuarto Evangelio: ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. (Jn 12, 31).

La plegaria expresa la súplica para que Paráclito cumpla la misión de alejar nuestro acusador y nos defenda de todo el mal. La palabra “acusador” es uno de los títulos del diablo. Le encontramos en una escena describida por Zacarías Me hizo ver después al sumo sacerdote Josué, que estaba ante el ángel de Yahveh; a su derecha estaba el Satán para acusarle. (Za 3, 1). En la Apocalipsis el título “acusador” aparece en la descripción de expulsar del cielo los ángeles rebelados: Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, ero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él. Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. (Ap 12, 7-10). Espíritu Paráclito nos deja evitar todo el mal. En el himno “Veni, Creator Spiritus” solicitamos a Espíritu Santo: “Aleja de nosotros al enemigo… siendo Tú mismo nuestro guía evitaremos todo lo que es nocivo”. El enemigo el que Paráclito puede alejar con eficacia es el Satanás. En el sacramento del bautismo y de la confirmación Espíritu Santo nos ha estampado con un sello de la afiliación a Dios y Su protección, nos ha asegurado del apoyo a la batalla con el espíritu malo. Por eso rogamos que el Espíritu siempre muestre su poder en nosotros y aleje de nosotros el Satanás. La protección de Paráclito nos hará evitar “todo daño”, es decir, todo lo que merece condenar, especialmente, el pecado. Pues todo el hombre ha sido santificado, divinizado por el Espíritu.
Déjanos resumir la parte doctrinal de la fórmula. Dios se caracteriza con la omnipotencia de creación y salvación. El Padre dió Cristo a la gente cuidando de su salvación. Espíritu Santo Paráclito fue prometido por Cristo y enviado por el Padre para que aleje el Satanás de los fieles, el delator y opresor. Es una enseñanza teológica, cristológica, pneumatológica y trinitario. Todas Tres Personas Divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, realizan la obra de la salvación; participan en la batalla victoriosa con el mal y el Satanás que seduce al mal y es su perpetrador central.

La segunda fórmula imperativa

Te exorciso, antiguo enemigo del hombre: sal fuera de N. a quien Dios creó con amor. Te lo manda, nuestro Señor Jesucristo, cuya humildad venció tu soberbia cuya prodigalidad prevaleció sobre tu enviada, cuya mansedumbre aplastó tu crueldad. Enmudece, padre de la mentira, y no impidas que este siervo (esta sierva) de Dios bendiga y alabe a su Señor. Eso te ordena Jesucristo, Sabiduría del Padre y esplendor de la Verdad, cuyas palabras son espíritu y vida. Sal de él (ella), espíritu inmundo, deja el lugar al Espíritu Santo. Eso te manda Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, que naciendo puro del Espíritu y de la Virgen purificó todas las cosas con su Sangre. Por eso, retrocede, Satanás, vuélvete atrás en el nombre de Jesucristo, que te expulsó fuertemente con el dedo de Dios y destruyó tu reino. Retírate, por la fe y la oración de la Iglesia, huye de aquí, por la fuerza de la Santa X Cruz, en la cual, el dulce Cordero inmolado por nosotros, nuestro Señor Jesucristo, nos libró de tu cruel potestad. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Todos responden: Amén.

Esta oración, basada en los mandos repetibles: “eso te ordena”, y: “retrocede”, “enmudece”, “sál”, “deja”, que regresan en las formas diversas al final, concentra completamente en la Persona de Cristo. Él es el sujeto de las invocaciones imperativas y también el que, vinculando con su Iglesia, participa en la batalla contra el demonio.

Consideremos la primera fórmula del mando: “Te exorciso, antiguo enemigo del hombre: sal fuera de N. a quien Dios creó con amor. Te lo manda, nuestro Señor Jesucristo, cuya humildad venció tu soberbia cuya prodigalidad prevaleció sobre tu enviada, cuya mansedumbre aplastó tu crueldad”.

La descripción del diablo como “el enemigo del hombre” aparece en la parábola de la cizaña: El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo […] Los siervos del amo se acercaron a decirle: Señor, […] ¿Cómo es que tiene cizaña? El les contestó: Algún enemigo ha hecho esto. […] El enemigo que la sembró es el Diablo (Mt 13, 24.25.27-28.39).

Desde Cristo viene el mando a fin de que Satanás salga fuera de un fiel atormentado. La oración acentua los atributos salvadores de Cristo, poniéndolos en contra con las manifestaciones de la enemistad del espíritu maligno. Con su humildad, prodigalidad y mansedumbre, Cristo venció, prevaleciendo la soberbia, enviada y crueldad de Satanás. En el prefacio II de la Pasión del Señor confesamos “Porque se acercan ya los días santos de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa; en ellos celebramos su triunfo sobre el poder de nuestro enemigo y renovamos el misterio de nuestra redención”. La Sagrada Escritura revela la verdad que no fue Dios quien hizo la muerte […]; él todo lo creó para que subsistiera (Sab 1, 13-14), pero: mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo (Sab 2, 24). El diablo era homicida desde el principio (Jn 8, 44), lleno de la prodigalidad en lo referente al hombre. El Satanás con impotencia y en vano se opone a Cristo, pero sufre derrota gracias a las virtudes de Cristo que son una negación de la perversidad diabólica. Jesús dice sobre él mismo: que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29).

La segunda fórmula del mando: “Enmudece, padre de la mentira, y no impidas que este siervo (esta sierva) de Dios bendiga y alabe a su Señor. Eso te ordena Jesucristo, Sabiduría del Padre y esplendor de la Verdad, cuyas palabras son espíritu y vida”.

La oposición entre el demonio y Cristo es expresada en la oración con el epíteto con el cual Cristo sí mismo ha describido el espíritu maligno: “padre de la mentira” (véase: Jn 8, 44) y con las virtudes que caracterizan a Jesús. Es la sabiduría del Padre. En el tercer Evangelio leemos que durante la vida en Nazaret Jesús se llenaba de sabiduría (véase: Lc 2, 40). Y San Pablo afirma: nosotros predicamos a un Cristo crucificado: […] fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1 Co 1, 23-24). Pensando de la manera humana, la Cruz parece una humillación y derrota, y no una revelación de la gloria; la estupidez y no la sabiduría. Sin embargo, a la luz de fe, Cristo crucificado cumple y supera las expectativas: es la sabiduría de Dios sí misma. Cristo es un resplandor de la verdad, resplandor de la gloria de Dios (véase: He 1, 3), un reflejo de la luz eterna (Sab 7, 26). Las palabras de Jesús son espíritu y vida (véase: Jn 6, 63), porque esconden en sí mismos y pasan el Espíritu que anima. El diablo se coloca en el extremo contrario de Cristo. Por eso también hoy Cristo con el poder ordena a Satanás tan como, según el testimonio del Evangelio, hacía en los días de su vida mundana: ¡enmudece!, ¡cállate!: un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: […] Sé quién eres tú: el Santo de Dios. Jesús, entonces, le conminó diciendo: Cállate y sal de él (Mt 1, 23-25). Por eso, el que fue atormentado por el Satanás, después de la liberación puede con toda la libertad bendecir y alabar al Señor.

La siguiente parte del exorcismo: “Sal de él (ella), espíritu inmundo, deja el lugar al Espíritu Santo. Eso te manda Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, que naciendo puro del Espíritu y de la Virgen purificó todas las cosas con su Sangre”. En este fragmento vemos la oposición entre le espíritu maligno y Jesús, Hijo de Dios y Hijo del hombre, nacido de Espíritu Santo y Virgen María.

El mando inicial suena tal como en el rito de bautismo de los niños en el rito anterior. El ministro del bautismo decía: “”Exi ab eo, immunde spiritus, et da locum Spiritui Sancto Paraclito”. A través del bautismo se convoca en el ser humano algo como un cambio del paradero: lo deja el espíritu maligno y dentro se instala Espíritu Santo. En la persona del bautizado, en la cual, con la aquiescencia divina, el Satanás actua como el perpetrador de las tormentas, Espíritu Santo ya está presente. Sin embargo, un mando de Cristo está expresado a fin de que el demonio deje de atormentar al fiel. Cristo, el sujeto del mando, es el Hijo de Dios que se hizo hombre y por obra del Espíritu Santo nació de santa María Virgen. El esplendor de su divinidad gracias a que la revelación le denomina resplandor de la gloria de Dios (véase: He 1, 3) y la luz divina (véase: Jn 8, 12), hizo que su Sangre derramada en el Sacrificio ha traído la purificación para toda la creación. Pues leemos: Y penetró [Cristo] en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos […] y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! (He 9, 12-14). El Sacrificio de Cristo es real porque su Sangre ha sido derramada; infinitamente supera los sacrificios de Antiguo Testamento porque es basada en la dedicación personal a Dios de él que fue liberado del pecado y llenado de Espíritu Santo. Por eso pues este Sacrificio hace los hombres purificados y los une con Dios. Cristo purificando con su Sangre los hombres, junto con ellos aplicó esta purificación a toda la creación. Inmundo sólo quedó el Satanás, debido a su propia elección. Esto es porque la oración subraya con fuerza la oposición entre “espíritu inmundo” y “Jesucristo, Hijo de Dios, nacido puro del Espíritu y de la Virgen”.

La plegaria se termina con el mando siguiente: “Por eso, retrocede, Satanás, vuélvete atrás en el nombre de Jesucristo, que te expulsó fuertemente con el dedo de Dios y destruyó tu reino. Retírate, por la fe y la oración de la Iglesia, huye de aquí, por la fuerza de la Santa X Cruz, en la cual, el dulce Cordero inmolado por nosotros, nuestro Señor Jesucristo, nos libró de tu cruel potestad. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Todos responden: Amén.”

El comando es emitido en el nombre de Jesucristo y con la referencia al hecho de que él revelaba su poder expulsando los espíritus malignos: Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios (Lc 11, 20). La afirmación paralela suena así: Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios (Mt 12, 28).

Desde el conjunto de estas dos afirmaciones se desprende que Espíritu Santo recibe el nombre de “dedo de Dios”. Esa declaración significa el poder creable de Dios como lo describe cantando el salmista: al ver tu cielo, hechura de tus dedos (Sal 8, 3). Significa también el todopoder redentor de Dios. Al lado del poder de Cristo la oración enumera el poder de la fe y oración de la Iglesia y el poder de la Cruz. Ellos constituyen, junto con el poder de Cristo, una sola realidad. Porque es el poder del Sacrificio de Cristo ofrecido en la Cruz con la cual Dios Padre nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor (Co 1, 13). El es el cordero matado que convocado nuestra liberación: habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres […] con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo (1 Pe 1, 18-19). El libro de Apocalipsis describe la liturgia de la alabanza del cordero matado que es Cristo, sentando al lado del Padre en el Trono de Dios como el vencedor sobre los espíritus malignos. El himno cantado durante la adoración de la Cruz en la liturgia mundana de Pascua en Viernes Santo contiene tales palabras de la alabanza del Señor: “passioni deditus, Agnus in Crucis levatur immolandus stipite”.
La enseñanza incluida en esa segunda fórmula se concentra en la Persona de Cristo. Presenta su vínculo con el Padre y el Espíritu Santo. Jesucristo es el Hijo de Dios, la Sabiduría de Dios, el resplendor de su gloria y verdad. Es el Hijo del hombre, nacido por obra del Espíritu Santo de santa María Virgen; el Cordero ofrecido que con su Sangre purifica los hombres y con sus palabras pasa el Espíritu dador de Vida y expulsa el Satanás, y restaura al fiel la dignidad del templo de ese Espíritu.

La tercera fórmula deprecativa

Tú eres Santo, Señor de los ejércitos, llenos están los cielos y la tierra de tu gloria, porque creaste todas las cosas que existen en el universo. Tú que sentado sobre los querubines no sólo habitas en lo alto sino que miras con atención hacia el cielo y la tierra y observas también los abismos. Abre tus ojos, Señor, y contempla la aflicción de N., a quien creaste por amor; por él (ella) te rogamos suplicantes, que despiertes tu poder, envíes tu Espíritu Paráclito para que este siervo tuyo (sierva tuya) no sólo ordenado (ordenada) en su corazón sino también sincero (sincera) en su mente pueda ofrecerte el debido servicio. Dios, creador y redentor del género humano, que desde el comienzo hiciste al hombre según tu imagen, y le encomendaste el cuidado del mundo entero, para que, sirviéndote a ti, su Creador, dominara todo lo creado; te pedimos que te apiades de la condición humana, herida por el pecado, y muestres tu bondad a este siervo tuyo (sierva tuya) N. abatido (abatida) por el engaño diabólico para que liberado (liberada) del enemigo, te reconozca ti, el único Dios y Señor. Dios de infinita misericordia, que para nuestra redención enviaste bondadosamente a tu Hijo Unigénito a fin de que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna; Tú que levantaste en la Cruz a tu propio Hijo, para que borrado el decreto de muerte atrajese a sí todas las cosas, te pedimos que tengas compasión de tu Iglesia suplicante y escuches su oración a favor de tu atribulado (atribulada) N. de tal manera que, desaparecida toda adversidad, tu derecha proteja a quien, con su Sangre derramada en la Cruz redimió Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Todos responden: Amén.

La plegaria consiste de tres partes de las cuales cada una empieza con la invocación hacia Dios: (1): “Tú eres Santo, Señor de los ejércitos”; (2): “Dios, creador y redentor del género humano”; (3): “Dios de infinita misericordia”. Cada una de las partes incluye: la anámnesis (la conmemoración) de la obra salvadora de Dios y una súplica por liberación del fiel atormentado por el Satanás.
“Tú eres Santo, Señor de los ejércitos, llenos están los cielos y la tierra de tu gloria, porque creaste todas las cosas que existen en el universo. Tú que sentado sobre los querubines no sólo habitas en lo alto sino que miras con atención hacia el cielo y la tierra y observas también los abismos. Abre tus ojos, Señor, y contempla la aflicción de N., a quien creaste por amor; por él (ella) te rogamos suplicantes, que despiertes tu poder, envíes tu Espíritu Paráclito para que este siervo tuyo (sierva tuya) no sólo ordenado (ordenada) en su corazón sino también sincero (sincera) en su mente pueda ofrecerte el debido servicio”.

La primera parte, comenzando con una invocación en honor a la santidad de Dios de los ejércitos celestiales, es un eco del canto de los Seráfines que alaban tres veces a Santo Dios en la teofaníaca visión de Isaías: Santo, santo, santo, Yahveh Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria (Is 6, 3). Dios sí mismo concluyó que es santo: sed santos, pues yo soy santo (Lev 11, 44-45). Jesús traendo al Padre la oración sumosacerdotal, invoca a Él como al Santo; Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado […] Santifícalos en la verdad (Jn 17, 11.17). Jesús es el Santo de Dios (Jn 6, 69). El Paráclito es el Espíritu Santo (véase: Jn 14, 16-17). La santidad expresa un profundo misterio de Dios. Es el Creador de todas las cosas. Le corresponden dos títulos con los cuales es llamado en Biblia: Él está sobre los querubines (véase: 1 Sam 4, 4; 2 Sam 6, 2; 2 Re 19, 15; Sal 80, 2; 99, 1), siendo como un Trono de su gloria. Se sienta en las alturas, y se abaja para ver los cielos y la tierra (Sal 113, 5-6). Dios sienta en el trono sublime, arriba de los cielos y desde esta altitud no alcanzable abarca con la mirada el cielo, la tierra y las tinieblas abajo, es decir, toda la creación. Esta descripción del poder infinito de Dios se convierte en la base de la súplica por un rescate para el hombre atormentado por el Satanás. Esa súplica recuerda a la plegaria del salmista por un renacimiento de Israel: ¡despierta tu poderío, y ven en nuestro auxilio! (Sal 80, 3).

La plegaria adopta una forma de epíclesis – una súplica por el envío de Espíritu Santo Paráclito para que él, que es “el poder” de Dios sí mismo, logre la violencia de un espíritu maligno, disipe su mentira mostrando que el Príncipe de este mundo está juzgado (Jn 16, 11), es decir, condenado y hecho faltando del poder. El efecto de esta actuación será una liberación del fiel de la persecución y un fortalecimiento de su corazón al servicio de Dios y rendición del culto.
“Dios, creador y redentor del género humano, que desde el comienzo hiciste al hombre según tu imagen, y le encomendaste el cuidado del mundo entero, para que, sirviéndote a ti, su Creador, dominara todo lo creado; te pedimos que te apiades de la condición humana, herida por el pecado, y muestres tu bondad a este siervo tuyo (sierva tuya) N. abatido (abatida) por el engaño diabólico para que liberado (liberada) del enemigo, te reconozca ti, el único Dios y Señor”.

En la segunda parte de la oración invocamos a Dios con los títulos que resumen sus dos obras básicas – la creación y la redención, y entonces conmemoramos la obra de creación con las palabras prestadas desde el comienzo de la cuarta plegaria eucarística, la cual recuerda la creación del hombre y el momento en que Dios le encomenda el poder sobre las demás criaturas en la tierra (véase: Gén 1, 26-28). Las expresiones “imagen” y “semejanza” describen el hombre en lo referente a Dios. Esta semejanza se expresa y realiza por el señorío del hombre sobre la creación. El hombre es la persona; como sí mismo es distinto de otras criaturas vivas que no tienen la inteligencia ni la voluntad y se acerca a Dios. Esta revelación de la sublime dignidad natural, poniéndolo en el cumbre del mundo material, constituye una preparación para revelar aún mayor dignidad cuya fuente será la gloria, participación en la naturaleza divina (véase: 2 Pe 1, 4). Es precisamente la gracia la que hace el plan divino perfecto y hace sublime su poder sobre el mundo creado. Tras evocar la dignidad humana como el rey de las criaturas, es recordado el pecado que hizo una profunda herida a la naturaleza humana. Se reveló aquí también el poder del satanás con la cual humilla y hace que el humano derriba. Por lo tanto, rogamos a Dios que en su bondad libere el hombre de las tormentas del enemigo y le recupera la abilidad de reconocer, sobre sí mismo, el único poder del Creador. “Dios de infinita misericordia, que para nuestra redención enviaste bondadosamente a tu Hijo Unigénito a fin de que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna; Tú que levantaste en la Cruz a tu propio Hijo, para que borrado el decreto de muerte atrajese a sí todas las cosas, te pedimos que tengas compasión de tu Iglesia suplicante y escuches su oración a favor de tu atribulado (atribulada) N. de tal manera que, desaparecida toda adversidad, tu derecha proteja a quien, con su Sangre derramada en la Cruz redimió Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Todos responden: Amén.”

En la tercera parte de la plegaria referimos a la infinita misericordia de Dios. Pues se reveló el como el Padre de la misericordia (véase: 2 Co 1, 3). Este título significa que la misericordia no es solamente uno de los atributos divinos sino precisamente la expresión de la profundidad de identidad divina. La misericordia fluye desde el como de la fuente. La anámnesis de un grande misterio salvadoro recuerda que Dios Padre envio su Hijo al mundo para redimir los hombres. Según San Pablo, es el Cristo sí mismo al cual hizo Dios para nosotros justicia, santificación y redención (véase: 1 Co 1, 30). En él tenemos por medio de su sangre la redención (Ef 1, 7; véase: Col 1, 14). Como Dios redimió el pueblo de Israel liberándolo de la esclavitud egipcia y después babilónica, de tal manera redimió los hombre de la infranqueable esclavitud del pecado, haciéndolos su propiedad por medio del sangre de Cristo. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. (Jn 3, 16). La redención y la vida han sido el objeto de participación de los hombres desde que Cristo se levantó, como había anunciado sí mismo: Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí. (Jn 12, 32). Esta exaltación significa la Crucifixión y la Resurrección porque estos dos eventos – son dos aspectos de uno sólo misterio. En la Cruz Dios nos perdonó todos nuestros delitos. Canceló la nota de cargo que había contra nosotros (Co 2, 13-14).

A la hora de recordar esta obra de la redención, hecha por Dios Padre y su Hijo, Jesucristo, toda la Iglesia mediante la boca de su siervo ruega por el fiel atormentado de las tentaciones satánicas. Desde que ha sido redimido por la Sangre de Cristo, rezamos por desaparecer todas las adversidades; para que derecha de Dios proteja a él – la que simboliza su todopoder. La derecha que hizo tantas obras en Antiguo Pacto, mostró su poder también en Cristo: A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador (He 5, 31). La mísma diestra divina es la mano de Cristo, de la cual él dice de tal manera: [mis ovejas] no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. (Jn 10, 28) y poco después, añade: nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno. (Jn 10, 29-30). La iglesia pidiendo por el cuidado de Dios sobre sus hijos, a menudo se refiere a este símbolo de “la derecha”, ej.: “Dios todopoderoso y eterno, mira compasivo nuestra debilidad y extiende sobre nosotros tu mano poderosa”. En estílo semejante, en la plegaria analizada, la Iglesia pide por el cuidado de Dios sobre el fiel quien pasa por los tormentos satánicos: ” tu derecha proteja a quien”.

Así vemos que también esa plegaria, componida por unas citaciones y alusiones bíblicas expresa la verdad sobre la Santísima Trinidad. En ella invocamos a Dios Padre, rogando que envíe el Espíritu Santo y recordamos que envió al mundo su Hijo Unigénito para nuestra salvación. En esta base la Iglesia se siente autorizado para pedir por liberación del estudiante de Cristo, atormentado y peleado por Satanás.

La tercera fórmula imperativa

Por el Dios vivo, por el Dios verdadero, por el Dios santo, yo te exorcizo, espíritu inmundo, enemigo de la fe, enemigo del género humano, conductor de la muerte, padre de la mentira, raíz de todos los males, seductor de los hombres, provocador de los dolores. Te adjuro, maldito dragón, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, para que abandones de raíz y que huyas de este ser plasmado por Dios. El mismo Jesucristo te lo ordena, quien te mandó sumergirte desde lo alto de los cielos a los lugares más bajos de la tierra. El mismo Cristo te lo ordena, que calmó al mar, a los vientos y a las tempestades. El mismo Cristo te lo ordena, que es la eterna Palabra de Dios hecha carne, y que se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte por la salvación del género humano perdido por tu envidia. Témelo a Él, que en Isaac fue inmolado, en José vendido, en el Cordero, muerto, en el hombre, crucificado, y en el infierno, triunfador. Dale lugar a Cristo, en quien ninguna de tus obras has podido encontrar. Humíllate bajo la potente mano de Dios; tiembla y huye, pues invocamos el santo nombre de Jesús, ante quien tiemblan los infierno, a quien están sujetas las Virtudes de los cielos, las Potestades, las Dominaciones, y a quien los Querubines y los Serafines aclaman con una sola voz diciendo: Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios de los ejércitos. Retrocede ya, en el nombre del Padre X y del Hijo X y del Espíritu X Santo. Dale el lugar al Espíritu Santo por este signo de la Santa X Cruz de nuestro Señor Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Todos responden: Amén.

El pensamiento central de esta fórmula se expresa en los mandos, expresados en latín en las palabras “exorcizo te” y “adiuro te” (“te conjuro”). La oración se concentra alrededor de la personaje de Cristo la cual llamamos en el comienzo de cada uno de los mandos: “El mismo Jesucristo te lo ordena”. A la llamada de la Iglesia el Satanás tiene que reconocer sobre él el poder de Dios y del nombre de Cristo. “Por el Dios vivo, por el Dios verdadero, por el Dios santo, yo te exorcizo, espíritu inmundo, enemigo de la fe, enemigo del género humano, conductor de la muerte, padre de la mentira, raíz de todos los males, seductor de los hombres, provocador de los dolores”.

Tras unas fórmulas iniciales que aparecen normalmente en los exorcismos, encontramos aquí muchos elementos prestados por las oraciones del rito anterior. Tres expresiones refiriendo a la majestad de Dios aparecen tan en Antiguo como en el Nuevo Testamento. Dios es llamado Dios de vida, de verdad, de santidad. Estos atributos se identifican con la naturaleza de Dios que es la vida, la verdad, la santidad. Los rasgos contrarios caracterizan a Satanás: la muerte, la mentira, la ira. Los atributos negativos enumerados son conocidos. A pesar de ser un espíritu, es inmundo (véase: Mt 10, 1; 12, 43; Mc 1, 23.26-27; 3, 11.30; 6, 7; 7, 25; 9, 25; Lc 4, 33.36; 6, 18; 8, 29; 9, 42; 11, 24). Siendo el Príncipe de este mundo (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11), sometiendo al pecado de descreimiento (véase: Jn 14, 17; 15, 18; 16, 8), el Satanás es el más poderoso enemigo de la fe y del género humano. De él se había escrito: Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. (1 P 5, 8). Es él que, llevando la gente al pecado, ha traído la muerte al mundo; por eso ha sido denominado homicida desde el principio (Jn 8, 44). Es mentiroso y difunde la mentira. Es el seductor: Muchos seductores han salido al mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Ese es el Seductor y el Anticristo. (2 Jn 7). En la oposición contra la fe se coloca el raíz de todos los males y la fuente de todos los dolores.

“Te adjuro, maldito dragón, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, para que abandones de raíz y que huyas de este ser plasmado por Dios. El mismo Jesucristo te lo ordena, quien te mandó sumergirte desde lo alto de los cielos a los lugares más bajos de la tierra.” El Satanás es presentado aquí mediante la imagen bíblica del dragón cuyo forma atemorizante es describida por la Apocalipsis (véase: capítulos 12-13; 16, 13; 20, 2). El dragón, el monstruo de la apariencia terrible, exigiendo la sangre y la destrucción, personifica el poder del mal, significa la enemistad hacia Dios y la gente. Es también llamado el serpiente antiguo que sedució a la primera mujer y trajo una derrota a toda la humanidad. A él el exorcista dirige un mando expresado en las palabras “que abandones de raíz y que huyas”. Una expresión semejante fue usada por Jesucristo en la declaración dirigida a los discípulos: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: Arráncate y plántate en el mar, y os habría obedecido. (Lc 17, 6). Cristo sí mismo ordena al espíritu maligno que abandone de raíz y que huya de la persona atormentada porque ya ha sido arrojado del cielo según la descripción apocalíptica: Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él. (Ap 12, 9). Fue echado dentro del lago del fuego: Dominó al Dragón, la Serpiente antigua – que es el Diablo y Satanás […] Lo arrojó al Abismo, […] Y el Diablo, su seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre. (Ap 20, 3.20). Esto significa la destrucción del enemigo de Dios, el Cristo y la gente; una inercia final hasta el momento de no poder seducir más la humanidad ni hacerla daño. En la Segunda Carta de Pedro leemos: Pues si Dios no perdonó a los Ángeles que pecaron, sino que, precipitándolos en los abismos tenebrosos del Tártaro (2 Pe 2, 4), mientras en la Carta de Judas: En cuanto a los ángeles que no supieron conservar su preeminencia y abandonaron su propia morada, el Señor los tiene encadenados eternamente en las tinieblas para el Juicio del gran Día. (Jud 6). Lo que en estos textos es asignado a la actuación de Dios, la oración del exorcismo refiere a Cristo, Hijo de Dios.

“El mismo Cristo te lo ordena, que calmó al mar, a los vientos y a las tempestades. El mismo Cristo te lo ordena, que es la eterna Palabra de Dios hecha carne, y que se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte por la salvación del género humano perdido por tu envidia. Témelo a Él, que en Isaac fue inmolado, en José vendido, en el Cordero, muerto, en el hombre, crucificado, y en el infierno, triunfador. Dale lugar a Cristo, en quien ninguna de tus obras has podido encontrar”. Jesús, ordenando a los vientos y al mar, calmó la tormenta: se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza (Mt 8, 26; Lc 8, 25). De mismo modo mandaba a los espíritus malignos: Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen. (Mt 1, 27). Cristo tiene el poder para mandar al Satanás, él se tema de él y le obedece. Pues el Hijo de Dios, la Palabra eterna, haciéndose el hombre, de modo incomprensible se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Fil 2, 8). Toda la dialéctica es colocada en la conección del mando y la obediencia. El Hijo de Dios tiene el poder más alto de ordenar y todas las criaturas le obedecen: los vientos, el mar, los espíritus y es porque él se hizo obediente al Padre en el grado más alto. La oración recuerda los carácteres de Antiguo Testamento que anunciaban los misterios de Cristo. El sacrificio de Isaac fue una figura del Sacrificio de Jesús. El autór bíblico cuenta que Abrahán recibiendo el mando de Dios estaba dispuesto para realizarlo y vino con su hijo al lugar fijado (véase: Gén 22, 9-12). En Nuevo Testamento encontramos tanta interpretación de este hecho: Abraham […] presentó a Isaac como ofrenda […] ofrecía a su unigénito […] Pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos. Por eso lo recobró para que Isaac fuera también figura [de la Muerte y Resurrección de Cristo] (Heb 11, 17-19).

Los Padres de la Iglesia en el sacrificio de Isaac vieron la figura del sacrificio de Jesús, entonces en el rescate de Isaac desde la muerte – la figura de la Resurrección de Jesús. También José es la figura de Cristo. Los hermanos de José lo vendieron a los ismaelitas por veinte piezas de plata (Gén 37, 28). En este hecho se coloca un anuncio de que Jesús sea entregado por Judas Iscariote (véase: Mt 26, 15; Mc 14, 11: Lc 22, 5). El símbolo de Cristo era el cordero pascual del cual decía la disposición: toda la asamblea de la comunidad de los israelitas lo inmolará entre dos luces. (Éx 12, 6). Juan el Bautista indicó a Jesús diciendo: He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. (Jn 1, 29). El Evangelista contando de la Pasión de Jesús, la ve como el cumplimiento de la disposición de la Ley prohibiendo de romper los huesos del cordero: pero al llegar a Jesús, como lo vieron [los soldados] ya muerto, no le quebraron las piernas […] Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. (Jn 19, 33.36; véase: Éx 12, 46). San Pablo afirma: Porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado (1 Co 5, 7), cuando en la Primera Carta de Pedro leemos: habéis sido rescatados […] con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo (1 Pe 1, 18-19). En la Crucifixión y la Muerte de Jesús se han cumplido todos estas figuras profetas. Jesús venció el enemigo, triunfó sobre el Abismo haciéndose obediente hasta la Muerte de cruz: Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos (Fil 2, 9-10).

Mediante la Muerte en la Cruz, Cristo, una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal. (Co 2, 15). Por eso en la oración resuena el mando hacia Satanás: “Dale lugar a Cristo, en quien ninguna de tus obras has podido encontrar”. Estas palabras son basados a la declaración de Cristo sí mismo: llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder (Jn 14, 30).

“Humíllate bajo la potente mano de Dios; tiembla y huye, pues invocamos el santo nombre de Jesús, ante quien tiemblan los infierno, a quien están sujetas las Virtudes de los cielos, las Potestades, las Dominaciones, y a quien los Querubines y los Serafines aclaman con una sola voz diciendo: Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios de los ejércitos. Retrocede ya, en el nombre del Padre X y del Hijo X y del Espíritu X Santo. Dale el lugar al Espíritu Santo por este signo de la Santa X Cruz de nuestro Señor Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Todos responden: Amén.” El mando “humíllate bajo la potente mano de Dios” adopta casi literalmente el incentivo de la Primera Carta de Pedro: Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios (1 Pe 5, 6). Mientras que esta llamada en la Carta es dirigida a los fieles y tiene el objetivo positivo: para que, llegada la ocasión, os ensalce (1 Pe 5, 6), aquí aspira a la humillación final de Satanás y a someterlo a la poder de Dios. En la Carta de Santiago leeemos de que los demonios tiemblan ante la cara de Dios; ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan. (Stgo 2, 19). A los espíritus malignos no les falta la fe pero esta no les salva; sí que les trae aún mas molestias porque saben que Dios es justo. El temor a Dios se vincula aquí (en la oración) con el nombre de Cristo ante la cara de quien, como hemos visto, tienen que arrodillar en la alabanza también las criaturas “en los abismos” (véase; Fil 2, 10). Todos los espíritus angélicos enumerados en las escrituras de Pablo son sometidos al nombre de Cristo: [que] el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación […] para que conozcáis […] cuál [es] la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre […] Bajo sus pies sometió todas la cosas (Ef 1, 17-22). Este acto de someter todas las criaturas angélicas procede del hecho de que Cristo es el Creador de ellos: porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él (Co 1, 16). Cristo tiene una prioridad en lo referente a la creación entera porque la adelanta en la existencia como el Hijo de Dios. El canto de los querubines para la gloria de Dios en el momento de revelarse a Isaías (véase: Is 6, 3) es presentado aquí como el acto de la alabanza de Cristo, según la transposición con la cual nos encontramos en el cuarto Evangelio: Isaías […] vio su gloria y habló de él [Cristo]. (Jn 12, 41). La oración se termina con un mando consistiendo los nombres de Tres Personas Divinas y invocación del poder de la señal de la Cruz.

Cuando suceda la liberación del espíritu maligno, el rito de exorcismo se termina con la canción “Magnificat” o “Benedictus”, que expresa el gozo de la victoria conseguida.

Las fórmulas solemnes, deprecativas y imperativas, consideradas junto con todas otras plegarias y gestos del rito de exorcismo expresan la fe y la enseñanza de la Iglesia que refiera al espíritu maligno. Es la fe en Tres Personas Divinas de Padre, Hijo y Espíritu Santo cuyas obra son los espíritus buenos. Algunos de estos espíritus, en la base de su propia elección, se hicieron espíritus malignos. Persistiendo bajo el poder de Dios, actuan como los enemigos de Dios y los hombres, se oponen a los fieles a través de las tentaciones y les atormentan hasta la posesión. Por eso Dios Padre que envió su Encarnado Hijo Jesucristo para que consiga la obra de salvación de los hombre, mediante él concede a la Iglesia el poder de expulsar el Satanás cuando éste posea y atormente a los fieles. Realizando su ministerio, la Iglesia establece el rito llamado “el exorcismo” y es colocado entre los sacramentales. Disfrutando de toda su autoridad y poder, la Iglesia pide a Dios Padre, de forma solemne y eficaz, que envíe Espíritu Santo para que él con su poder infinita logre con Satanás y libere la persona humana del estado de posesión. El exorcismo muestra uno de los aspectos de la gran batalla con Satanás que la Iglesia conduce tal como cada uno de sus miembros.

Autor: Giuseppe Ferraro SI, Nowy rytuał egzorcyzmów: narzędzie władzy Chrystusa* (traducción polaca del italiano: S.te Stanisław Czerwik), NOTITIAE 35 (1999), nr 392-393 / 3-4, s. 177-222

III Exorcismos de magia y espiritismo

EXORCISMO DE AIRE (Oración)
Spiritus Dei frebatur super aquas et inspiravit in faciemhominis spi-raculum vitae. Sit MICHAEL dux meus et SABTABIEL, servus meus in luce et per lucern. Fiat verbum habitus meus, et imperabo spiritibus aeris hujus et refren-abo equos solis voluntate cordis mei et cogitatione mentis mei et nutu oculi dextri. Exorciso igitur te, creatura aeris per Pentagrammaton et in nomine JOD-HE-VAU-HE in quibus sunt voluntas firma et fides recta. Amen.

EXORCISMO DE AIRE
Conjuración de los cuatro Ángel de ojos muertos, ¡obedece o disípate con esta agua santa! Toro alado, ¡trabaja o vuelve a la tierra si no quieres que te aguijonee con esta espada! Águila encadenada, ¡obedece ante este signo (+) o retírate con este soplo! Serpiente movible, ¡arrástrate a mis pies o serás atormentada por el Fuego Sagrado y evapórate con los perfumes que yo quemo! ¡Que el agua vuelva al agua! ¡Que el fuego arda! ¡Que el aire circule! ¡Que la tierra caiga sobre la tierra! Por la virtud del Pentagrama que es la Estrella matutina, y en el Nombre del Tetragrama que está escrito en el centro de la Cruz de Luz. Amén.

Conjuración de Salomon

INVOCACIÓN DE SALOMÓN
¡Potencias del Reino, colocaos bajo mi pie izquierdo y en mi mano derecha! ¡Gloria y Eternidad, tocad mis hombros y llevadme sobre las vías de la Victoria! ¡Misericordia y Justicia, sed el equilibrio y el esplendor de mi vida! ¡Inteligencia y Sabiduría, dadme la Corona! ¡Espíritus de Malkuth, conducidme entre las dos columnas sobre las cuales se apoya todo el edificio del Templo! ¡Ángeles de Netzach y de Hod, afirmadme sobre la piedra cúbica de Jesod! ¡Oh Gedulael! ¡Oh Geburael! ¡Oh Tiphereth! Binael, sed mi amor. Ruach Hochmael, sé mi luz. Sé lo que tú eres y lo que tú serás, ¡Oh Ketheriel! Ischim, asistidme en nombre de Shaddai. Cherubim, sed mi fuerza en nombre de Adonai.
Beni-Elohim, sed mis hermanos en nombre del Hijo y por las virtudes de Sabaoth. Elohim, combatid por mi en nombre del Tetragrammaton. Malachim, protegedme en nombre de Jehová. Seraphim, depurad mi amor en nombre de Eloah. Hasmalim, iluminadme con los esplendores de Elohim y de Schechinah. Aralim, obrad. Ophanim, girad y resplandeced. Ha-Jot-Ha Kadosh, gritad, hablad, rugid, mugid. Kadosh, Kadosh, Kadosh. Shaddai, Adonai, Jot-Chavah, Eie-Asher-Eie. Halelu-Jah, Halelu-Jah, Halelu-Jah. Amén. Amén. Amén.

Enviado por: SCRIBO

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